“Lo que dice la gente es historia… lo que antes considerábamos historia –reyes y reinas, tratados, inventos, batallas, decapitaciones, César, Napoleón, Poncio Pilatos, Colón, William Jennings Bryan- es mera historia formal y en gran medida falsa. Por mi parte, o pongo por escrito la historia informal de los de a pie –lo que esa gente tiene que decir sobre sus trabajos, amores, juergas, apaños, apuros y penas-, o mero en el intento”
Joe Gould
MITCHEL, Joseph. El secreto de Joe Gould. Barcelona: Anagrama. Tercera edición. 2000. 178 p.
Joseph Mitchell fue un periodista del New Yorker que contaba las historias más insólitas de la ciudad más grande del mundo. Material para sus crónicas y perfiles nunca le hizo falta. Era un reportero de olfato insuperable, dedicado, capaz de arrebatar las verdades más inconfesables de sus personajes pero con una sensibilidad única que lo convertía en un escritor sutil y sincero. Pero una de las historias encontradas en la gran manzana lo marcaría para siempre y de paso le daría un lugar irremplazable en el periodismo norteamericano.
En 1942 Mitchell conoce a Joe Gould y poco tiempo después descubre su secreto. De esto trata el libro publicado en el año 2000 por la editorial Anagrama. De cómo un hombre ordinario conoce a alguien extraordinario, de cómo un periodista de Nueva York arma el rompecabezas de la vida de un bohemio desamparado y genial, Joe Gould, embarcado en una empresa descomunal: la de escribir el libro más extenso de todos los tiempos.
Joseph Mitchell buscó a Gould por el cielo y la tierra del Village, una zona neoyorquina de bares poblada por artistas, escritores, poetas y vagabundos, atraído por las historias que había escuchado: que era un genio ignorado, que produciría una obra de invaluable calidad, que ésta llegaría a ser incluso el tesoro de los más importantes museos. La credibilidad de tamaña afirmación la confería la celebridad de quienes la hacían, pues se trataba de ilustres miembros de la élite intelectual de la época, entre quienes se encontraban William Saroyan y el poeta E.E. Cummings, amigos entrañables de Gould.
De esta manera fue como Mitchell llegó a Gould, para acompañarlo en noches de ebriedad, recorrer a su lado las calles de Nueva York y deleitarse con las anécdotas que Gould le narraba con elocuencia y gracia: “Gould padece memoria absoluta y de vez en cuando elige un lapso de pasado reciente –un día, una semana o un mes- y laboriosamente vuelca todo aquello de alguna importancia que haya sucedido en él”, decía Mitchell sobre Gould en un primer perfil publicado en diciembre del 42 en el New Yorker, antes de que descubriera su secreto y estando todavía fascinado por ese libro descomunal que Gould escribía y al que había titulado “La historia oral de nuestro tiempo”.
La crónica titulada “El profesor gaviota” conforma la primera parte de este libro, que fue publicado por primera vez en 1996. La segunda parte del libro es la que le da el título y revela en efecto el secreto de este simpático personaje de la fauna callejera de Nueva York. Y es que en 1964, poco después de que Gould muriera recluido en un sanatorio, Mitchell publicó una segunda parte de su perfil inicial que, dicho sea de paso, dejó pasmado a más de uno, especialmente a quienes luego de su muerte buscaron literalmente hasta debajo de las piedras cualquier fracción de la obra en la que Gould había invertido más de la mitad de su vida. Ese secreto, que no lo voy a revelar, hace de Gould un personaje inolvidable como muchos que transitan las calles de las ciudades, llevando quizá obras geniales bajo los sacos raídos o en los rincones más oscuros de su imaginación desatada.